Solar de Samaniego, beber entre líneas

UNA FÁBULA AL MODO DE SAMANIEGO

S
upongamos que era un día de septiembre. Un zorro atrevido osó bajar de las montañas para curiosear en los parajes en donde habitaban los humanos y fue a parar a un espléndido viñedo alavés -pongamos, por ejemplo, que el de Solar de Samaniego- en donde las uvas comenzaban a madurar. Se sentó un rato a descansar al arrimo de la sombra escuálida de una viña emparrada y reparó en una mariposa de alas azules que revoloteaba entre los racimos y que, de cuando en cuando, libaba de los frutos. Permaneció un rato mirándola. Y percibió que el vuelo del insecto iba transformándose. Al principio, surcaba el aire de un ramillete de uvas a otro como si fuera una flecha: sorbía el zumo de una con urgencia y se lanzaba encogiendo las alas en busca de otra. Pero al paso de los minutos, quizás con hartazgo, comenzó a planear en círculos. Era como si interpretara una danza. Apenas picaba de las uvas y al poco, ya no parecían importarle en absoluto. En un momento, ante la mirada asombrada el zorro, dibujó una suerte de cabriola en la altura y cayó desmadejada el suelo, muy cerca del mamífero.

¿Me la zampo?, se dijo el zorro. La mariposa parecía dormir. De modo que, recordando la belleza de su vuelo, el zorro decidió perdonarle la vida. No obstante, intrigado por el efecto que las libaciones que habían producido en el insecto, decidió probar los frutos. Y se hartó de comer racimos, hasta tal punto que se quedó también dormido.

Un campesino pasó por allí unos minutos después. Llevaba un sombrero de paja para protegerse del sol. Y al ver al zorro dormido, le cortó el rabo y se lo colocó rodeando la copa de su sombrero. Luego, reparó en la mariposa. Y sacó un alfiler del bolsillo, le atravesó el cuerpo de parte a parte y pinchó al animalito, que todavía aleteaba, en el cuello de la camisa. Y de tal guisa se alejó silbando del viñedo. Cuentan los vecinos que un rayo mató al hombre, meses después, cuando dormía debajo de una encina.

¿Cuál hubiera sido la moraleja del gran fabulista Félix de Samaniego?. Ponga cada lector la suya: que no hay que beber en exceso, que no hay que dormirse en territorios extraños... La mía es que, por unos tragos de buen mosto (¡y qué decir del vino!), merecen la pena los riesgos.

Javier Reverte

Javier Reverte

Bodegas Solar de Samaniego
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